La resistencia reconocida en patógenos bacterianos frente a los antibióticos se encuentra muy bien descrita, con una amplia estrategia sanitaria que ha sido implementada durante los últimos años, al menos en clínica humana (con algunos avances en salud animal y en el sector pecuario), para reconocer y vigilar este problema, restringir la prescripción y el uso de estos fármacos, controlar infecciones evitando brotes y diseminación, entre muchas otras medidas programáticas, sin embargo, en los últimos años se ha comenzado a documentar resistencia a los antimicrobianos utilizados para tratar infecciones por hongos (antifúngicos), lo que resulta inquietante, debido a que este tipo de patologías sucede en personas que presentan algún nivel de inmunocompromiso, como pacientes oncológicos, receptores de trasplante de precursores hematopoyéticos o de órganos sólidos, individuos en terapia inmunosupresora, pacientes críticos o con patologías crónicas de base, lo que ha generado un incremento sostenido de individuos susceptibles, mayor número de infecciones, mayor uso de antifúngicos y, por lo tanto, porcentajes crecientes de resistencia frente a este tipo de opciones terapéuticas, una condición que se ha agudizado por lo prolongado de las terapias, por la aplicación de terapias antimicóticas combinadas y secuenciales, y por el uso generalizado de algunos de sus representantes (ej. azoles) tanto en la práctica clínica como en la agricultura y la industria.
Lo datos refuerzan lo mencionado, ya que estimaciones recientes describen una incidencia de 6.5 millones de infecciones fúngicas invasoras cada año, con 2.5 millones de muertes atribuibles a esta causa en todo el mundo. Chile no escapa a esta realidad, y lo cierto es que muchos de estos patógenos son causa frecuente de infecciones en nuestro medio, y aunque aún presentan resistencia de bajo nivel al tratamiento antifúngico tradicional, el riesgo de adquirir rápidamente resistencia durante el tratamiento existe, de la misma manera que ocurre con la resistencia bacteriana frente a los antibióticos.
A pesar de la escasa información epidemiológica en nuestro país, se han publicado algunos trabajos que han documentado la situación de la candidiasis sistémica en pecientes pediátricos y adultos (donde destaca una resistencia antifúngica promedio de 6,6%, Candida albicans, Candida parapsilosis y Candida glabrata como las especies más frecuentes, y porcentajes de resistencia superiores al 10% frente a micafungina e itraconazol en cepas de C. glabrata)1 y otros sobre infección fúngica invasora (donde se ha descrito una disminución de la infección por Candida spp. y un aumento de los casos por Aspergillus spp. y otros hongos filamentosos) en población pediátrica con cáncer y aplasia medular severa2. Otro antecedente relevante tiene relación con el reconocimiento, en los últimos años, de hongos emergentes no Candida y no Aspergillus, situación que podría ser explicada por acciones humanas que favorecen el cambio climático y la termotolerancia adaptativa de los hongos, el desequilibrio ecológico postpandemia, la indicación de profilaxis primaria y los avances en identificación micológica, esto último debido a un mejor acceso a métodos de diagnóstico molecular y al uso de muestras representativas en pacientes con sospecha de infección fúngica invasora.
En un esfuerzo por destacar esta nueva realidad epidemiológica, el año 2022 la OMS publica la primera lista de agentes fúngicos que suponen un riesgo significativo para la salud humana, y que incluye a patógenos con prioridad crítica y alta (Candida albicans, Candida auris, Aspergillus fumigatus, Criptococcus neoformans, Fusarium spp., Histoplasma spp. y Mucorales, entre otros)3, con una clara intención de posicionar este tema a nivel global, para que no olvidemos que la infección fúngica está dejando de ser una patología subnotificada, que su mortalidad es inaceptablemente alta en presentaciones graves (a menudo superan el 50% incluso con terapia antifúngica recomendada), que la población susceptible y vulnerable está en aumento, que existe un limitado arsenal terapéutico (con solo 4 nuevos fármacos aprobados en los últimos 10 años)4, y que la resistencia a los antifúngicos disponibles es un problema emergente que genera preocupación y exige de manera urgente implementar medidas que permitan vigilar su avance, implementar un uso racional de los antifúngicos disponibles, acelerar el desarrollo preclínico y clínico de nuevos candidatos terapéuticos, mejorar la respuesta inmune de la población susceptible (vacunación, inmunomodulación), y por supuesto, utilizar como modelo de aprendizaje los avances logrados en la contención de la resistencia antibiótica, manteniendo el compromiso del enfrentamiento conjunto de las enfermedades infecciosas a través del resguardo de la eficacia de los antimicrobianos.
Dr. Cristian G. Aguilera Rossi
Unidad de Microbiología Clínica
Departamento de Ciencias Preclínicas
Facultad de Medicina
Universidad de La Frontera
Enlaces de interés:
1 https://journals.plos.org/plosone/article?id=10.1371/journal.pone.0212924
2 https://www.revinf.cl/index.php/revinf/article/view/1760/892
3 https://www.who.int/publications/i/item/9789240060241
4 https://www.who.int/publications/i/item/9789240105140